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Cuando escuchas la historia de Margarita Ávalos sientes tantas cosas que es difícil negarse a la empatía. Desde que recuerdo viví violencia, distintos tipos de violencia. Su historia es tan honesta como su nacimiento. Mis padres eran alcohólicos. Vivíamos en un pueblito donde yo digo que no llegan ni Dios ni el gobierno, a las afueras de Candelaria Portezuelo, Puebla. Y bastó su infancia para que le ocurriera de todo: ella, su hermana y sus padres juntaban leña para hacer carbón, recogían tierra para plantas y cultivaban maíz, frijol y nopal, pero, mis papás se gastaban lo poquito que habíamos ganado en pulque.

Mago

Margarita quería ir a la escuela. Ni ella ni su hermana sabían del tiempo, del pasar de las horas. De pronto decían, Vamos a la escuela, y resultaba que era domingo o pasado mediodía. Iban solas, descalzas, sucias, sin libreta ni lápiz. Y todavía se tenían que imponer o los maestros las echaban fuera jalándolas del cabello. No estábamos inscritas. Mis papás no se presentaban.

Hasta aquí, la historia de Margarita puede ser vista como una que padece el destino trazado por la pobreza estructural. Y aún falta: “Cuando mis padres murieron me quedé con unos tíos que pensaban que podían hacer lo que quisieran conmigo. Mi tío tenía remojando un cuero en el pozo, listo para golpearme cuando él creyera que era necesario.”

Sus días: jornadas de trabajo de sol a sol. De regreso del campo, en las camionetas de redilas, volvían hombres y mujeres juntos. Los hombres hostigaban a las mujeres. Se daban casos de violación. A donde fuera siempre había agresiones. Más violencia. Un tiempo trabajó con una de las hermanas de la tía y el esposo de esa señora trató de violarla.

A los 14 tuvo un novio que le decía qué podía hacer y qué no, a quién sí saludar y a quién no. ¿Por qué las cosas tenían que ser así? A los 15 años mejor se fue a Puebla a limpiar casas. Un día, saliendo de trabajar, sufrió otro intento de violación. Se defendió. Se lo contó a su tía y ésta le pegó y le dijo que era su culpa. Nadie la aconsejaba, nadie le enseñaba algo bueno.

Por eso cuando la invitaron a Tijuana a trabajar en una maquila, me llevé una maleta llena de sueños: conocer otra gente, estudiar, tener una casa. Ya no quería violencia ni que otros decidieran por mí.

Tijuana y la maquila

Como Margarita era joven, no tenía hijos, no se quejaba y hacía todo lo que le decían, subió de puesto. Llegó la sensación: ropa sin costuras. Estuve encargada de ese departamento en el turno de la noche. Por desgracia, muy pronto recomenzaron el hostigamiento sexual, la explotación, los insultos, los accidentes de trabajo.
Un día, una amiga invitó a Margarita a un taller y Margarita asistió por apoyo a su amiga y nada más. Pero ahí, al fin se enteró que las mujeres tienen derechos y escuchó por primera vez términos como “reparto de utilidades”. Emocionada, ni tarda ni perezosa regresó a la maquila a compartir sus nuevos conocimientos creyendo que ocurriría un cambio. No fue así, la despidieron junto con otros líderes. Sin embargo, una semilla había sido sembrada.
Hubo huelga. Y mientras tanto, Margarita asistió a talleres, estudió los fines de semana (…no recordaba nada de lo que estudié en la primaria. Me aterraban las computadoras…) y, para el 2012, ya era coordinadora de la “Coalición de trabajadoras y trabajadores de la maquila Industria Fronteriza”. Así se creó una verdadera huelga obrera, un caso de solidaridad internacional que involucró a personas de California y Tijuana.

Un día, una amiga invitó a Margarita a un taller y Margarita asistió por apoyo a su amiga y nada más. Pero ahí, al fin se enteró que las mujeres tienen derechos y escuchó por primera vez términos como “reparto de utilidades”. Emocionada, ni tarda ni perezosa regresó a la maquila a compartir sus nuevos conocimientos creyendo que ocurriría un cambio. No fue así, la despidieron junto con otros líderes. Sin embargo, una semilla había sido sembrada.

esculturaTijuana

Yo me ponía a opinar creyendo que nadie me haría caso, hablaba y hablaba y en cuanto menos, sin darme cuenta, ya estaba en el centro con cuatrocientos trabajadores escuchándome.

Sin querer, nació el liderazgo. Margarita recibía invitaciones y los reporteros la buscaban pues resultó muy significativo que hubiera una jovencita que sabía de leyes comprometida con la causa.
La huelga terminó después de siete años de juicios y amparos. De ella aprendió que cuando los trabajadores se organizan deben enfrentar un monstruo de cuatro cabezas: el sindicato, el patrón, el aparato de gobierno y el narco. Asimismo, gracias a esa huelga se graduó, pues aprendió leyes.
Tras un tiempo dedicado a litigar por los derechos de las trabajadoras, Margarita estableció vínculos con obreras, promotoras y activistas feministas y juntas formaron Ollin Calli, un colectivo opuesto a la explotación que da asesoría sobre derechos laborales. Como al principio no tenían dinero ni salarios, hicieron una cooperativa que, además de ayudarles a obtener recursos, sirvió para que las compañeras que habían dedicado toda su vida a la maquila y no tenían otras habilidades aprendieran a hacer joyería, bordados, productos reciclados y comida. Posteriormente, pudieron continuar con su labor gracias al apoyo de Fondo Semillas, del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir y el programa “Construcción de capacidades para la incidencia a favor de los derechos de las mujeres en México”, financiado por la Comisión Europea.

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Como a muchas activistas, la vida me ha formado. Todo tiene que ver con lo que viví desde niña. Hoy en día, Margarita Ávalos tiene 35 años y su labor en Ollin Calli sigue en pie, más necesaria que nunca, para que no se repitan las mismas historias de violencia, quiero que esto sirva a otras mujeres, a otras personas.

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